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"Sobre la sobreestimulación..."


Nuestra sociedad tiene hoy una nueva patología, la de la sobreestimulación. Desde la vida embrionaria hasta la edad adulta, el ser humano está expuesto intencionalmente a una sobredosis de estímulos.

Existen nuevas modas y tendencias tecnológicas que hablan de la “necesidad” de una estimulación cada vez más temprana y más acelerada. Se han inventado un sinfín de técnicas que van desde el uso de linternas con luces fluorescentes, música “especializada” para poner sobre el vientre materno y "despertar" la vida intrauterina, audífonos ergonométricos, micrófonos y hasta la “gimnasia prenatal”... Todo, con el supuesto fin de favorecer al mejor desarrollo de la inteligencia.

Los niños nacen y crecen estimulados por una gran variedad de dispositivos tecnológicos de todo tipo y expuestos a un sinnúmero de actividades que no les permiten tener ni un segundo de reposo. Ellos, aparentemente, reaccionan divertidos, atraídos, interesados y sobre todo “tranquilizados” por unos cuantos minutos... Aunque una vez transcurrido determinado tiempo, habrá que mostrarles nuevos estímulos y ofrecerles nuevas actividades para entretenerlos.

Esta nueva generación de adultos parece estar dispuesta a hacer lo que sea necesario con tal de no ver aburridos a sus niños.

Los niños ingresan así a las “universidades” desde los pocos meses de nacidos. Los llevan a terapias de: Estimulación temprana, estimulación motora, “alimentación sensorial”, sueño, focalización de la atención, coordinación y gateo, posición erguida al caminar, técnicas para escalar, sensibilización artística… ¡Y todo tiene lugar en la bien llamada y mal comprendida etapa del “Maternal”!

Parece que vivimos pensando que la naturaleza se equivocó. Que si bien, le regaló al embrión un ambiente intrauterino especialísimo en cuanto a la química de sus elementos, al entorno físico, a la temperatura, a la amortiguación, a la oxigenación... Pareciera que “se le olvidó” dotar a las madres de ese otro “indispensable ambiente universitario” al que tendrían que someter a sus hijos para lograr desarrollar adecuadamente su inteligencia.

¡En cuánta desventaja se encontrarían nuestras madres campesinas! ...y sin embargo, si sabemos observar, nos podemos dar cuenta de todo lo contrario: la inmensa ventaja que nos sacan esas madres y esos hijos en el sabio desarrollo de la propia naturaleza...

No tenemos ni la menor idea de lo riesgoso que pueden resultar estas modas y tendencias esquizoides.

Esta sobreestimulación genera estados de alteración mental que, por desgracia, cada vez nos resultan más familiares: la ansiedad, el estrés, la hiperactividad, la falta de atención y concentración.

Cuando caen en la cuenta de esta realidad emocional de sus hijos, los jóvenes padres, ya están inmersos en un círculo vicioso del que parecen no tener salida. Les han comprando toda clase de juguetes y aparatos electrónicos y los han sometido a una gama increíble de actividades extraescolares: niños que después de sus horas regulares de escuela, tienen clases de idiomas, teatro, música, deportes, y todo eso, en la misma semana, sin que haya espacio para el descanso, para el ocio, para la convivencia, para la recreación libre, para visitar a los abuelos, para pasear por el parque, ...para tener simplemente ¡momentos de paz!

Los adultos hemos olvidado que el aburrimiento, el ocio, el silencio la inmovilidad, la contemplación, son siempre el preámbulo de la creatividad, la reflexión y la acción plenamente humana.

Desde hace un tiempo a la fecha se puso de moda el sobrediagnóstico del TDAH (Transtorno del déficit de atención e hiperactividad), y hoy parece que este mal afecta a la gran mayoría de nuestros niños y jóvenes; sin saber, que siete meses antes de morir, el famoso psiquiatra estadounidense Leon Eisenberg, quien descubriera este Trastorno, afirmó que se trataba sólo de "un ejemplo de enfermedad ficticia".

Realmente no existe ninguna condición neurobiológica, ni genética identificada para su diagnóstico, pero sí existe una causa que es prácticamente el común denominador de casi todos los problemas de falta de atención, de excitación e inquietud desmedida, se llama: sobreestimulación.

Observamos, cada vez con mayor frecuencia en nuestras escuelas, grandes dificultades en el procesamiento de los aprendizajes: floja posibilidad de memorización, pobreza de vocabulario, descontextualización de los conocimientos, deficiente comprensión lectora, muy disminuida capacidad para el cálculo y resolución de problemas matemáticos y casi nulificada la espontaneidad, originalidad, imaginación y creatividad artística...

Observamos también, no sólo en nuestras escuelas sino en nuestras casas, niños y jóvenes con muy bajos niveles de tolerancia a la frustración y altamente demandantes. Consecuencia natural de cuando una persona ha estado expuesta a constantes y variados estímulos y ha sido llevada a desempeñar diversas y continuas actividades. Los niveles de tolerancia, de paciencia y de comprensión, se ven disminuidos, así como los niveles de ansiedad aumentados.

Se genera, paralelamente y por desgracia, una sensación de infelicidad y de falta de plenitud. Por ejemplo, puede ocurrir que después de un día repleto de actividades y diversiones, el niño ya esté pensando en el plan que tendrá para no aburrirse mañana...

¿Nos damos cuenta de las repercusiones que estas conductas pueden tener en el ámbito de la vida futura? ...¿Ante el compromiso de una vida familiar estable, del diario vivir y convivir con los hijos, de la cotidianeidad y necesaria rutina de un trabajo? …¿Tendremos personas responsables, comprometidas y felices con sus vidas? …O “habremos creado” personas con una falta de conexión con el momento presente, con el aquí y con el ahora, personas con una atención dividida, incapaces de tomar decisiones trascendentes y permanentes en la vida.

Con todo esto no quiero decir que no existan casos especiales en donde las terapias no sólo son necesarias sino indispensables, no sólo son sanadoras, sino salvadoras. Pero en la vida natural de todo niño, de todo joven, de todo adulto tienen que existir suficientes “espacios verdes de oxigenación” mental afectiva y espiritual.

Espacios suficientes de ocio y “aburrimiento” que puedan transformarse, gracias a la imaginación creadora y a la reflexión, en espacios milagrosos de transformación de la existencia.

Tampoco podemos dejar de reconocer que la revolución tecnológica es una maravilla para nuestro mundo, pero sí es necesario restringir y dosificar el uso de los aparatos electrónicos, de videojuegos, de dibujos animados, de películas, de iPhones, iPads… y realizar, no sólo con nuestros niños sino con nosotros mismos, acciones que lleven al encuentro y comunicación con la Naturaleza, con los otros seres humanos, con nosotros mismos y con Dios.

Olga Moreno

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